Por Nélida Galovic Norris
University of Miami, Coral Gables
A member of the Brazilian Academy of Letters since 1989, Nélida Piñón is one of Brazil's foremost literary figures. To date, she has published eight novels and several collections of short stories. Some of her books have been translated into various foreign languages and have received high praise by critics, both abroad and in the United States. Her massive novel, The Republic of Dreams, which was translated into English in 1989, earned her the coveted Brazilian Arts Critics Association Award for best fiction of 1984. An English edition of another award-winning novel, A Doce Cancão de Caetana (1987), is expected to be published in 1992. Currently, Nélida Piñón holds the distinguished Stanford Chair in the Humanities at the University of Miami, a position previously held by Isaac Bashevis Singer.
This interview was conducted by Nélida Galovic Norris on May 7, 1991, shortly before the writer's departure for Brazil.
NGN: Nélida, hábleme un poco de su niñez. ¿Cuál ha sido el incentivo que más influenció esta vocación tan ardua de escritora?
NP: Creo que fue la suma de valores adquiridos en una familia de índole cultural distinta a la de los demás: oír otras voces, comer comidas distintas. También debo mucho a mi padre. Él me inculcó un aprecio por los libros. Aprendí que la lectura me dilataba el tiempo y me garantizaba la certeza de que el mundo era mucho más rico, o sea, que la lectura me generaba un mundo que hasta entonces me estaba vedado. Otro elemento fundamental en mi vocación de escritora fue mi primer gran viaje a Europa a los diez años. Al fin, descubrí que existía el país que hasta entonces lo visitaban los recuerdos de mis abuelos. Ese país me tomó de la mano y me enseñó la lengua y, ya adulta, supe que en ese gallego de mi niñez, pude conocer las raíces fundamentales del idioma -del portugués del siglo once... y de las leyendas del mundo mítico gallego.
NGN: Y el teatro, ¿qué influencia ejerció en esa fase generadora? Estoy pensando en La dulce canción de Cayetana y La fuerza del destino donde ambas novelas dependen -si puede decirse así- de una tramoya operática.
NP: Sí. También. El descubrimiento del teatro fue una época de locura para mí. Lo que doy en llamar: mi etapa de los paraísos perdidos. Vivía embelesada con el imaginario teatral. De chica, hasta creía que nada podía ocurrir fuera de lo que se representaba en escena.
NGN: En su obra se percibe una profunda atención por el detalle erudito y el discernimiento histórico. ¿Es ésta una actividad espontánea de su carácter que perseguía desde su niñez, o una disciplina que se impuso como escritora consciente de un deber artístico hacia el lector?
NP: Ya quería ser escritora a los siete u ocho años, aunque entonces ignoraba los deberes éticos y estéticos del oficio. Mire, pienso que hay dos vías: la vía consciente y la vía inconsciente. En esta última, todo lo que uno vive, lo consume antropofágicamente y lo digiere. La digestión se hace según el gusto estético de uno y su cometido. Por mi parte, estoy muy vigilante a la realidad. Acumulo conocimientos, y éstos no me petrifican. Al contrario, hasta lo más insignificante me excita. Por ejemplo, friendo algo en la cocina me estimula a pensar, y cuanto más pienso, más analogías establezco con algo cercano, o lejano, y que no tiene ningún parentesco con mi actividad del momento.
NGN: Ah... eso recuerda el ensimismamiento inquisitivo de Sor Juana Inés...
NP: Creo que me gusta el desafío humano que me toca vivir -y su ferocidad. Y, esta ferocidad se expresa por el conocimiento. Gozo del descubrimiento. Por muy modesto que sea el hallazgo, siento un placer que imagino habrán sentido los primeros que descubrieron América. Para mí lo cotidiano es mi América.
NGN: ¿Qué actitud adopta al escribir, piensa en satisfacer al público lector o ignora influencias externas?
NP: No, el público no existe para mí. Naturalmente, el que guste mi libro me provoca mucha honra y placer; pero, en el proceso de escribirlo me abstraigo de todo porque, de por sí, el escritor está haciendo uso de un instrumento que es socializante, colectivo, es decir, el lenguaje, y ya dentro de esa función, no hace falta pensar en el lector. Por otra parte, existe el peligro de pensar en un lector bello, limpio, privilegiado, uno que expulsaría a todos los demás lectores del mundo. Uno tiene que escribir para la humanidad, para el futuro. Además, yo acostumbro a decir -y esto no es un discurso populista- que mi sueño sería que algún día pudiera ser leída por esos niños pobres que he visto improvisando juegos con lo poco que tienen, esos niños que ni aun tienen un libro para leer, ni saben leer...
NGN: ¿Sería correcto suponer que la veneración que siente por el mito y, en particular, por el fabulario gallego, es un antecedente ancestral?
NP: Bueno, esa atracción pudo haber venido por herencia familiar, pero estoy segura que he trabajado mucho para llegar a este fabulario poblado de mitos que consume mi existencia entera para definirlos. Asimismo, mitos que son reemplazados por nuestro nuevo mito. Mitos de secuencia, porque no hay protomitos. Hay una evolución dentro de ellos mismos... y yo, pues, soy cazadora de mitos.
NGN: Sorprende en su obra la imaginación fecunda, el viro imprevisto en la trama y en el diálogo, viro que rompe con todas las preconcepciones del lector. ¿Cuál es la fuente que nutre esta originalidad?
NP: Pienso que se debe a esa profunda disponibilidad que tengo. No selecciono la vida o la lectura. ¡Nada! Porque si uno selecciona todo el tiempo, acaba por ser esclavo de una estética exigua. Lo que se selecciona es el método de trabajo. Lo demás consiste en acumular el desecho humano. Ocurre algo así como al revés de Raiders of the Lost Ark. Para el escritor la región contaminada está en todos los sitios. A la contaminación hay que buscarla sin precaución, porque me parece que todo eso nos alimenta, nos engorda la imaginación.
NGN: En dos de sus novelas más destacadas se plantea el problema de un personaje que se apropia del arte ajeno. En La dulce canción de Cayetana, la protagonista pretende cantar La traviata con la voz de María Callas y, en La fuerza del destino, Nélida Piñón se introduce en la novela como otro personaje más. ¿Qué nos revela de la autora este juego literario?
NP: Sí, creo que es una especie de fatalidad histórica mía, porque en la novela Tebas de mi corazón, de alguna manera, todos los personajes quieren robar la singularidad ajena porque la propia no les parece suficiente. Pienso que somos muy poco para nosotros mismos y, como esperamos más de la vida de lo que nos da, robamos del otro. Al cabo, es una función del arte incorporar a otra persona a nuestro inventario personal. En La fuerza del destino, me pareció que el hecho de que la cronista Nélida pasa a ser personaje dentro de la ficción de esa novela, pone en juicio como es la gestación y la complicidad entre quien escribe y quien se deja corromper por lo escrito. Lo vi como una reflexión poética de mi oficio. En cuanto a Cayetana, hay también algo de esto. La envidia por el camino del arte que, en el caso de Cayetana, cancela la palabra y pretende crear una ilusión provisoria.
NGN: La pasión avasalladora es un elemento muy arraigado en sus narraciones, ¿es este aspecto un retrato del temperamento fogoso del brasileño, o un destello del propio temperamento de Nélida Piñón?
NP: La pasión que trato de poner en la novela no tiene que ver con el comportamiento o los sentimientos de un pueblo. Describo la gran pasión humana. Mire... es que pienso que el hombre es un ser desgobernado y que recién dejó las cavernas. De ahí, que no puede explicar todos sus sentimientos. Tampoco me refiero a la pasión física únicamente. Incluyo todos los aspectos de la pasión, hasta la silenciosa, la que no es tangible. Por lo demás, lo percibo como un ser un tanto melancólico cuyo destino es ir en busca de su caza, ¿no? porque necesita de la comida, necesita de la aventura, necesita de la velocidad y, después del amanecer, volver a cumplir con la obligación de salir a cazar...
NGN: Habla del hombre que sale de caza como si todavía estuviera en un estado primitivo, sin vestiduras culturales...
NP: Sí. Es verdad. Aún encuentro un hacinamiento de gestos primitivos; por eso me fascina el mundo de la novela. Cuando salgo a la calle, por ejemplo, me siento en un restaurante, observo, y trato de recuperar gestos escondidos, aparentemente secundarios, y adiestrados de las gentes. Todo para mí es un código, un gran código que yo me impongo la disciplina de codificar.
NGN: Y, ¿dónde capta mejor este código, en los grandes centros civilizados o en pueblos del interior?
NP: Bueno, el micromundo facilita todo. Por lo pronto, propicia la creación de arquetipos que están muy substantivamente representados en el mundo rural. La pasión primeva es mucho más visible en el mundo rural porque allí todo está crudo. La vida allí, es la realidad excremental, si se podría decir así. La ciudad, en cambio, es muy farsante. Lleva máscara. Una visible de día, y otra subterránea, misteriosa, que se pierde en la noche. Y, como en las cloacas de París, todo puede suceder...
NGN: ...Entonces, ¿también en las grandes metrópolis lo ve al hombre desplazándose en cavernas... modernas?
NP: Claro, tampoco no significa que no encuentre en el hombre grandes vestigios de espiritualidad. A despecho de todas las dificultades, él es un combatiente que puede tener sus momentos de nobleza, de hacer cosas maravillosas: producir sinfonías, escribir libros, inventar caricias... Por eso, trato de contrabalancear, de destacar esos instantes en que mis personajes pueden conocer la tentación de la bondad. Pero, eso sí, no puedo inventar santos, no puedo...
NGN: En un momento dado de Guía-mapa de Gabriel Arcanjo, la protagonista Mariela dice que tiene «un apetito de almas». ¿De algún modo, la concierne a Ud. personalmente esa frase?
NP: (Risa) Fue una frase favorita de mi adolescencia. Las personas que me conocen mucho, me preguntan si aún sigue vigente esa frase. Diría que he renunciado a muchas cosas de ese apetito que ha sido parte de mi educación, pero todavía sigo queriendo saber todo...
NGN: Mariela es un poco como Ud., ¿verdad?
NP: Ha sido un poco. Lo cierto es que a ese libro lo encuentro distante de mí porque, mire, lo publiqué en el 69, y lo escribí cuatro años antes. Ahora me gustaría volver a leerlo e, inclusive, escribir algo sobre lo que dice de la imaginación.
NGN: ¿Sobre su imaginación?
NP: Sí. Se me ocurre que nunca había tenido la oportunidad de hablar sobre esta sensación que tengo de estar siempre a la vera de un abismo, o de un trampolín, arriesgándolo todo en este mundo de las imágenes... hasta lo que puedo inventar y lo que no puedo. Supongo que es porque confío mucho en mis reservas estéticas, y en la reserva de mi imaginación. De chica, mi imaginación era impresionante, un verdadero delirio. Figúrese que me sentaba a la máquina de escribir, miraba una puerta, o cualquier cosa inanimada, y a este objeto le prodigaba sentimientos, colores, viajes al mar así, vertiginosamente, como si las palabras saliesen expulsadas de un torbellino. Por supuesto, fue una imaginación temprana que hoy no tengo.
NGN: ¿Y, no ha guardado esas carillas?
NP: No creo... eso sí, tengo un cuento de los quince años que puedo mostrarle. También, la primera versión de Guía-mapa que escribí cuando tenía 17 o 18 años...
NGN: La mayoría de los escritores adoptan una técnica narrativa y se vuelven adictos a ella. En cambio en su obra, Nélida, se perciben muchas técnicas. ¿Diría Ud. que, en su caso, éste es un deseo de experimentar con métodos narrativos para demostrar la habilidad de su versatilidad mental?
NP: No hay duda que es un reto, un challenge, ¿no? Pero, también pienso que cada historia tiene su propia simetría. Sobre todo, cuando se está conviviendo con el tiempo. El tiempo es lo que rige. Lo que gobierna la vida de los personajes. Todo, todo lo que uno está contando con total inocencia, está perturbando la presencia del tiempo. Entonces, el tiempo -este determinismo casi- exige un control técnico y de lenguaje. Es decir que, para que el tiempo pueda realizarse más profundamente y, a través del tiempo, la vida del hombre -su visibilidad y su circunstancia-, esto pide que uno invente técnicas narrativas que le permitan llegar a la consciencia, a la inconsciencia, al alter ego, a los mundos invisibles del hombre y, a sus sentimientos. Pienso, entonces, que para registrar todo esto, además del lenguaje, es imprescindible ajustarse a una técnica precisa que domine lo que necesita ganar vida y ser contado.
NGN: Percibo en este afán de superación el distintivo más notable de su ficción. Esto, y la orgía de imágenes.
NP: Justamente, Alastair Reid ha dicho esto de mí, que «cada libro mío era totalmente distinto del otro». Pero, el destino de hacer un libro diferente no es deliberado... es que yo pienso distinto cuando emprendo la tarea de un nuevo libro. Además, soy muy prudente. Siempre trato de espaciarme entre un libro y otro. Y, como para olvidar los restos mortales del que terminé, no dejo vestigios de él para que el próximo libro nazca, si eso es posible, con una pequeña inocencia. Asimismo, debo confesar que tengo mucho miedo de empezar un libro, pero un miedo tremendo, tanto como si mi destino humano dependiese de ello... es que, yo sé muy bien, que un libro se define en las primeras páginas. Estoy segura. La técnica, la estructura, el tiempo, el lenguaje que uno adopta, el sentimiento, la luminosidad de las palabras, el secreto de la narrativa, los misterios, todo, todo, está allí al empezar. Por eso, para mí, es como si estuviese enfrentando un fracaso muy doloroso desde el comienzo...
NGN: Creo haber leído que para escribir La república de los sueños, se encerró en un lugar y no atendió a nada más. ¿Es ése el método que adopta con cada libro?
NP: Efectivamente, así fue con La república. En cambio a Cayetana, la escribí en el avión, en el hotel, en retazos de tiempo libre. Pues, es verdad que necesito desaparecer un poco precisamente porque la convivencia social me seduce enormemente. Todo para mí es irresistible -charlas, comidas, escuchar música, viajes...
NGN: ¿Cuánto tiempo le llevó escribir La república de los sueños?
NP: No tanto como lo parece el libro. Lo inicié en el 82 y en poco más de dos años estaba pronto. Pero, eso sí, ha sido un trabajo hercúleo y de un profundo desgaste intelectual.
NGN: Verdad que muy poco tiempo para contar las vidas de cuatro generaciones y, por añadidura, dentro del marco histórico brasileño de casi un siglo...
NP: ¡Poquísimo tiempo! Además, escribí seis o siete versiones y más de 5,000 páginas, pero, los últimos drafts fueron de una violencia física extenuante...
NGN: Nélida, ¿recuerda qué obra, o autor, la introdujo al mundo de la ficción?
NP: Sí. De muy chica, Karl May, un autor alemán. Sus historias ocurran en el Oeste americano. Fue un período mío de pura aventura. Me enloquecía Alejandro Dumas y sus mosqueteros defensores de la reina. Hasta hoy, cuando estoy en París, voy a la Place des Vosges... me siento allí por un rato, absolutamente encantada, imaginándolos a todos... Bueno, es que me gusta homenajear a los muertos, aquéllos a quienes debo tanto, ¿no?
NGN: Y sobre su participación política en la redemocratización del Brasil, ¿quiere decirme algo? Sé, por ejemplo, que en 1977, en su capacidad de vicepresidenta de la Unión de Escritores Brasileños preparó, con otros cuatro colegas, un documento de denuncia contra la censura y la opresión política.
NP: Mire, si lo considero mi deber, nunca me ha asustado una tarea por arriesgada que sea. Es que creo que el escritor es un ser privilegiado de nuestra sociedad, por lo tanto tiene -tendría, si puede- que poner su palabra de acción. Su palabra bien articulada, inteligente, al servicio de su pueblo. No es una posición idealista, no, es que la gente no sabe hablar, no sabe decir, entonces, el escritor personifica el pensamiento antagonístico... y eso es la garantía de la libertad.
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