Nélida Piñon
 
 
 
 
 
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Las pátrias múltiplas
Premio internacional Meléndez Pelayo - 2003

 

Permítanme confesarles que el Brasil es mi morada. Mi techo caliente, mi sopa humeante. Es la casa de mi carne y de mi espíritu. El alojamiento provisorio de mis muertos. La caja mágica e inexplicable donde se abrigan y se consumen los días esenciales de mi vida.

Es la tierra donde nacen las bananas de mi infancia y las palabras de mi siempre precario vocabulario. En este país conocí emociones revestidas de opulenta carnalidad que no siempre cargaban al cuello el cencerro de la advertencia, la justificación lógica de su existencia.
Sin duda, Brasil es el paraíso esencial de mi memoria. Lo que la vida allí hizo brotar con abundancia excedió lo que yo sabía. Pues cada recuerdo brasilero corresponde a la memoria del mundo, allí donde esté resguardado el universo. Por eso, al presentarme aquí como brasilera, soy automáticamente romana, egipcia, hebrea. Soy todas las civilizaciones que arribaron a este campamento brasilero.

En essta tierra donde, una vez plantadas, nacen la traición, la sordidez, la banalidad, afloran también la alegría, la ingenuidad, la esperanza, la generosidad, atributos alimentados por el fríjol bien sazonado, el arroz suelto, la torta de maíz, el bistec encebollado, y tantos otros panes eucarísticos hechos con yema de huevo, cuyas raíces nacen en el mundo árabe, en el mundo luso.

De este país surgieron inagotables sagas, narradores astutos, alegres mentirosos. Seres anónimos, héroes de sí mismos, poetas de los sueños y del sarcasmo, señores de máscaras venecianas, africanas, a veces carnavalescas, a veces mortuorias. Criaturas que, afinadas con la torpeza y las inquietudes de su tiempo, se instalan, espléndidas, a la sombra de los mangos, sólo por el placer de puntear las cuerdas de la guitarra y del corazón.

En este litoral, que fue cuna de héroes y marinos, donde los pesqueros de la imaginación surcaban las aguas de mares bravíos en busca de peces, de sirenas y de la protección de Yemanyá, se instalaron civilizaciones hechas del remanente de muchas otras culturas. Cada una sembrando en nuestros pechos hábitos, expresiones, locas demencias.

Este Brasil que critico, examino, amo, del que nació Machado de Assis, cuyo determinismo falló al no prever su propia grandeza. Pero, ¿cómo podría este mulato, este negro, este blanco, esta alma mestiza, siempre pesimista y feroz, acatar una existencia que contrariaba reglas, previsiones, fatalidades? ¿Cómo pudo él, genio de las Américas, abrazar al Brasil, ser su rostro, zozobrar con él y al mismo tiempo revivirlo?

Fuimos portugueses, españoles y holandeses hasta llegar a ser brasileros. Una grey de etnias ávidas y bellas, atraída por las aventuras terrestres y marítimas. Inventora cada cual de una nación expatriada de la realidad mezquina, una especie de ficción compatible con una fábula que nos permita frecuentar con desenvoltura el teatro de la historia.

El sol refulge en aquellas tierras. Por todas partes se cumplen rituales arcaicos y modernos, integrados a una civilización constituída por cronologías y memorias que fueron anclando desordenadamente en aquel suelo. Un territorio de perturbadora belleza, donde hace tantos años desembarcó mi familia. Pues soy de una raza que se despojó de los haberes de la patria española a cambio de otros aires, de otro futuro, de otra lengua. Una travesía gracias a la cual nací, gané el hermoso amparo de la lengua lusa. Este idioma con el que atravieso los días de las incertidumbres, las madrugadas de la fantasía, cruzo las fronteras de mi corazón y del vecino.

Desciendo de Galicia, tierra donde las brujas, conocidas como meigas, valorizan lo sobrenatural —esa otra cara del realismo humano— y propician la atracción por las intrigas humanas. Allí, en la región de Cotobade, vi cuán difícil le es brotar a la espiga de maíz, exigiendo del labriego los mismos cuidados que el escritor entrega a su oficio, cuando acuña cada palabra.

Como consecuencia, llevo en el alma el estigma de la supervivencia, heredado de gente marinera y montañesa. Oigo los ruidos de emisarios que no veo, anunciándome que el mundo es narrable, que mis fantasías son dadivosas y conviene seguir sus huellas. Y que la imaginación, emanando de los frutos de la tierra, me conduce a Itaca, y a otros suburbios de la creación.

Cuántas veces el misterio me salvó el espíritu, la fe, el arte. Sin que esta creencia haya hecho de mí un alma simple o resignada. Tal vez, simplemente, por haber enlazado desde muy temprano las tradiciones ibéricas con los momentos constitutivos de la vida brasilera, la línea del horizonte, que marca el límite de mi mirada, me permitió fundir estas dos tierras, Brasil y España, como si fueran originarias de una sola familia. Así, lo que me es inexplicable en el Brasil se aclara en la fuente española. Y lo que rechazo en España Brasil me lo provee, regalándome argumentos apaciguadores.

Provengo, pues, de una América sinfónica, múltiple, abrigo de leyendas, de sortilegios, de sabios, de aventureros inescrupulosos. De una América oprimida  inicialmente por el sentimiento del vacío que le vino, acaso, de las civilizaciones autóctonas, traumatizadas por las sucesivas invasiones europeas, acaso del colonizador, privado de su memoria tradicional, de la lengua que hablaba en casa, de sus gestos peculiares. De una América que, ansiosa de llenar los espacios desocupados con la invención y el espíritu arrojado, muy pronto exigió de sus escritores la habilidad descriptiva, la inmediata ocupación novelesca.

Para muchos continente de los absurdos, de la transfiguración de lo real, de la desmesura griega, donde lo humano se desborda en zonas de luz y sombras, sobre la superficie de América se extiende la tinta del pesimismo, de la melancolía, de lo carnavalesco, acentuadas manifestaciones que le habrán llegado gracias a la mezcla de tantos pueblos. Pero bendito mestizaje, en cuya estela se cristalizan sentimientos singulares, nociones inaugurales.

Les llego de lejos. Desde la ventana de mi casa simbólica, yo contemplaba el océano Atlántico. Y su visión me sobresaltaba, pareciéndome encantatorio y amenazador al mismo tiempo. Razón suficiente para que yo quisiera descubrir el destino final de sus aguas, en caso de que me dejara arrastrar por sus corrientes. Mi mirada huía una y otra vez hacia el norte, como si para una sureña, condenada a no abandonar los límites de la ciudad, fuera una fatalidad amar las distancias, lo que había al otro lado, lo que se oponía a un ideario paralizante. Pronto descubriendo, sin embargo, bajo el impulso de los puntos cardinales, que el norte de mis afectos estaba representado por la península ibérica, tierra para recorrer en un futuro, cuando llegara la hora de distanciarme del hogar, de intentar comprender el mundo y a mí misma.

Al fin de cuentas, las patrias son muchas. Exceden aquella en que nacimos. Patrias secretas, que no tienen nombre, pero que nos simbolizan. Y que me autorizan, en ésta mi madurez, a confiar en las palabras, en el verbo que me aparta de mi centro y me devuelve al sueño del arte. Tras decirlos, escribo siempre aquellos vocablos que comprometen mi ser. Palabras que establecen falsas rutinas novelescas, susurran quién soy, qué familia modeló mis rasgos, mis huesos, la porción asombrosa de mi alma. Y dicen a qué ideales sirvo, a qué lengua encamino confidencias, leyendas, placeres, dolores. A qué mitos debo otras patrias, además de la brasilera.

Las palabras con que crecí, y de las que dependo para vivir, me exhortan a pensar, a amar, a crear. Son palabras que me tornan griega, árabe, hebrea, latina, americana. Allá donde me llevan, muchas veces a España, recupero con ellas escenas y personas. Con sus caprichos sonoros describo, por ejemplo, mis visitas al Pé da Múa, monte emblemático de mi infancia. En aquel pasto, entre ovejas y vacas, conducidas por mi cayado, apacenté mi alma, nutrí la imaginación sin concederle nunca tregua.

Pero fue en el Brasil donde osé proclamarme escritora. No me cabría otro destino distinto al de inventar, forjar, mentir, esbozar realidades complementarias, intentar la creación de personajes ambiguos. En la constante creencia de que el verbo es una portentosa invención humana, soñado por una legión de seres que empuñan la pluma para contar la vida de los hombres. Pero instándome a creer que mi patria es también el arte del otro. Del modo como el otro usa la expresión que me hace llorar, me hace creer que estamos todos volcados sobre lo cotidiano de la fe. Fe en la comida, en el amor, en la carnalidad. Fe en la belleza del paisaje y de las criaturas. Por eso, como premio, los dioses comen con nosotros, la invención nos puebla de expectativas míticas. Lo vivo y lo palpitante son presencia asidua en el universo de las imágenes que concebimos en medio de la banalidad de los hombres.

A partir de esta patria de la palabra y de la emoción contemplo el mundo, intuyo la vida aliñada con la sal y el azúcar que equilibran el metabolismo onírico. Uso la memoria para transitar por la imaginación. Así pues, aquí estoy, segura de que amar no hiere mi espíritu, o profundiza mi incredulidad. Las palabras en que confío no me traicionan. Pues la caridad paulina, vecina de la compasión, me dice hace mucho que, a pesar de mi mortalidad, puedo soñar con el roble que vio crecer a mi familia, y pensar que otras gentes heredarán el beneplácito de su sombra.

Allí donde esté me proclamo mujer, cosmopolita, aldeana, criatura de todas las latitudes. Asumí en cada poro de la piel la condición de escritora brasilera. De alguien que, mediante la práctica diaria de la escritura, que araña, lacera y deslumbra, teje una historia de la que, más allá del caos y las refinadas tesituras, ignoramos el principio y el fin. Una colcha llena de enmiendas, de retazos, de voces, de fantasmas que incluyen la máscara de Agamenón, el altivo desespero de Antígona, las barbas blancas del emperador Pedro II, el Habsburgo brasilero.
Gracias a la literatura, la tierra es el espacio ideal para que mi cuerpo y mi alma jueguen, lloren y dancen amalgamados. Disfruto de la vida que me rodea, de la brisa de las emociones imperceptibles. Palpo, reverente, los lugares sagrados y profanos de nuestra humanidad. Presiento que el mundo poético está regido por una saturación de metáforas. Y que, en este esfuerzo de revelar la naturaleza de cada una de ellas, reside la posible ecuación de la poesía humana.

Me precio de no tener una acentuada vocación para la tristeza. Y de tener, al mismo tiempo, una feroz inclinación a la soledad. La soledad buscada es el lugar donde mejor aprendí a encontrarme. Pues sé, como ficcionista, que la vida es densa e impenetrable y que, mientras el lenguaje nos hace fuertes, lo singular nos torna únicos. Así, quien nos traduce la realidad es un vecino anónimo y una colectividad impaciente. Pero sé también que la cultura es una pasión sin freno. Está entre los hombres para sembrar la discordia y resaltar contrapuntos verbales y contrafuertes geográficos. En este oficio, pues, cargamos al lomo el fardo de un enigma irremediable. La falsa creencia de ser donatarios de las almas ajenas, que nos sirven de guías metamorfoseadas en personajes narrativos. Escribimos bajo la custodia de la perpetuidad de la escritura, de los dichos populares, de los refranes que explican aquello que pensamos saber. Por tener una naturaleza intrigante, novelamos tramas que, así sean inverosímiles, hablan de sueños y frustraciones. Pues queremos ser el héroe que, inmortal, interpreta el palimpsesto humano por medio de rápidas viñetas.

Hace años, al admitirme como una brasilera nueva, además de aludir al hecho de pertenecer a una familia recién llegada al Brasil, confesaba ser una viajera panteísta, cristiana, griega, dispuesta a llamar a la puerta de todos los templos que la credulidad humana tuvo a bien construir. Alguien que, inmerso en la historia de otros pueblos, cuyas matrices civilizadoras se ven hoy sacrificadas en aras de la codicia y de la arrogancia occidental, juzga bienhechor alimentar en sí mismo el sentimiento extranjero, considera generoso avanzar por las contradicciones humanas para entender mejor al otro que hay en nosotros y aceptar el concepto de la alteridad que nos hermana con los demás. Aquella misma transposición que permite decir a Cathy, en la novela Wuthering Heights: “I am Ratclift”. Y pronunciar al personaje masculino: “I am Cathy”. Admitir y respetar las diferencias que nos apartan de los otros. Entender por qué Montesquieu traduce el dolor humano al preguntar: “¿Cómo alguien puede ser persa?” Es decir, ¿cómo es posible ser al mismo tiempo persa y hombre en una sociedad que no concede valor a las civilizaciones vencidas, decadentes, distantes de los efectos pirotécnicos de la contemporaneidad? Como si el hecho de ser persa significara la exclusión de los países periféricos del concierto de los hombres, de los organismos internacionales. Una pregunta, sin embargo, que establece entre la humanidad el inquietante principio de la diferencia, expresa una filosofía excluyente, actúa como una marca condenatoria, aisla a quien se distingue de nosotros. apartando de un solo golpe a una falange de vecinos idéntica a nosotros, todos  bajo el signo de la perdición y de la grandeza.

Bien sé que la vida no nos asegura lealtad en lo que atañe a los actos humanos. No somos idóneos y justos. Pero creo profundamente que el arte refleja el saber del mundo. Sólo él recoge, con pinzas, los destrozos humanos, y rehace la ruta de una emoción interrumpida en el pasado. Pues casi todo lo que producimos es fruto de la invención, de los pergaminos simbólicos que leemos, de las historias que escuchamos, de los prodigios acumulados. Y es por lo tanto de nuestra vocación el inventar y vivir muchas vidas al mismo tiempo. Concebir ciudades soterradas, descifrar inscripciones barridas por el polvo, enrutarnos por la utopía con el afán de romper el universo lacrado del que estamos hechos.

Señoras y Señores,

A Lo largo de la trama brasilera, hecha de mil hilos narrativos, España se funde con nuestra historia. Está presente en la psiquis del Brasil. Esparció símbolos y representaciones por entre los intersticios históricos. No sabemos a ciencia cierta dónde está, tan difícil es rastrear sus influencias. Pero, por donde haya estado, difundió materia mítica, cultura, hizo alianzas históricas.

Ya en los orígenes brasileros, en la alborada de la nación, gracias a la muerte trágica del rey Dom Sebastião, que sumió a Portugal en una intensa melancolía, Felipe II se hace dueño del Brasil. Con escritura y bula papal, se ve señor de aquellas tierras ultramarinas. No obstante, a pesar de tal poder, esa flora y esa fauna inusitadas no atraen al monarca. Encerrado en El Escorial, entregado a cultivar la lujuria de la fe, nada le dice la luz de los trópicos, en modo alguno le apetece ver de cerca aquellas tierras. Esta indiferencia no refleja,  sin embargo, una visión política distraída. Por el contrario, atento a los trastornos que intervenciones radicales podrían provocar en la colonia, Felipe II se exime de imponer a los nativos la lengua española, conserva autoridades brasileras y portuguesas al frente de la administración, evita decisiones que puedan golpear la normalidad jurídica vigente. Y, al resistirse a anexar el Brasil a la corona de su imperio, a dividir aquellas tierras, lo que habría dificultado en el futuro la unidad nacional, favorece la expansión territorial del país, propicia la  marcha hacia el oeste. Ésta y otras iniciativas no sólo establecen vínculos afectivos con los habitantes de aquellas tierras, permitiendo que más tarde los españoles colaboren con el Brasil en la manutención de las bocas del Río de la Plata, sino que facilita una ampliación de territorios que termina por confluir en las “bandeiras”, verdadera epopeya nacional: expediciones lideradas por hombres osados, que expanden las fronteras brasileras bajo el pretexto inicial de buscar piedras preciosas, en especial esmeraldas.

Dígase de paso que en alguna ocasión, al ser inventariados los escasos bienes de determinado bandeirante, se halló en su equipaje un viejo volumen, arrugado por el uso, con los poemas de Quevedo. Arrastrados a través de la selva por un hombre que disfrutaba con fruición de la poesía mientras iba sondeando el corazón profundo del Brasil. Como si este bandeirante anduviera de paseo por el perturbador Madrid del siglo XVII, el de los Austrias.

También de estos orígenes surge la figura mítica de José de Anchieta, joven jesuíta español enviado al Brasil en 1549, tras la huella del proyecto colonizador de los portugueses. Iluminado por la exaltación religiosa, e indiferente a los preceptos impuestos por el Concilio de Trento, Anchieta se ocupa de catequizar indios y de hacer sus registros poéticos. Para él, poeta de fina voluta verbal y el primer escritor que tuvo Brasil, ese país, invadido por bosques, ríos y tribus, iba adoptando la poética del simulacro, mientras Anchieta promovía entre los indios, a pretexto del cristianismo, espectáculos teatrales rústicos, indigentes, de precaria imitación. Pero se esforzaba en crear, valiéndose de sencillos artificios, un mundo aplaudido por su Dios. Para tal efecto apropiándose, como tema, de la ilusión.

Al pretender que su catequesis teatral emergiera, no de sus creencias, sino de la fantasía de los nativos, Anchieta manifiesta, por medio de un tenue equilibrio entre la realidad y la invención, sus estatutos morales y literarios. Gracias a los cuales ayuda a implantar en el substrato brasilero una especie de estética de la carencia y de la magia. Ambas destinadas a valorizar un cotidiano en sí mismo tan desvalido. Surgiendo de tal combinación, carencia y magia, el sentimiento inicial de ser aquellos primeros brasileros partícipes de una inclinación antirrealista, capaces por lo tanto de elaborar en el porvenir un sistema social menos rígido, menos jerarquizado.

A lo largo de su trayectoria brasilera, este español registra y teatraliza el fenómeno poético en tupi, “lengua general”. Vive una rara fusión histórica: es un español que, a pesar de su temperamento medieval, piensa en tupi, y es un indio que finge ser actor de esa exótica representación. En este juego verbal y persuasivo, del que se abastece su fantasía religiosa, ayuda a construir el imaginario brasilero. Haciendo parte de él, le concede pretextos para adulterar lo que es necesario ante el acto mismo de crear. Anchieta se integra definitivamente a los instantes que forjan la sensibilidad brasilera.

En los siglos siguientes este imaginario literario es lentamente abastecido por grandes maestros españoles: Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega, Cervantes, Lope de Vega, habiendo ejercido también este último una gran influencia en Portugal. Y, por el tiempo en que el país luso disponía ya de Camões, de Gil Vicente, además de grandes oradores eclesiásticos, Cervantes se convierte en la biblia de innumerables humanistas brasileros. Hasta el punto de haberse hallado preciosas ediciones cervantinas en remotos rincones del país.
En la propia Bahía del siglo XVII, el célebre poeta satírico Gregorio de Matos se confesaba un apasionado admirador del maestro del ridículo humano. Y, a finales del siglo XIX, ya fundada en Rio de Janeiro la Academia Brasilera de Letras, siguiendo los patrones de la francesa de Richelieu, Machado de Assis se tornó un exaltado lector de aquel monumental Don Quijote.

Siendo aún muy fuerte la presencia española en los estudios filosóficos del siglo XX, ganando realce la poderosa influencia de Ortega y Gasset y de Miguel de Unamuno en las universidades brasileras. También puede registrarse en el lenguaje oral de Bahía una cierta fonética oriunda del galaico portugués, a causa del acentuado flujo migratorio español, y ante todo gallego, al final del siglo XIX. Expresiones culturales y antropológicas que enriquecen el repertorio brasilero y refuerzan la noción de lo mucho que representa España en la poderosa matriz civilizadora del Brasil.

Señoras y Señores,

El Premio Internacional Menéndez Pelayo, que ahora me concedeis, es un honor inestimable. Dignifica mi grey, mi biografía, mi país. Expreso mi gratitud prometiéndoles no olvidar jamás la confianza que depositaron en mí y en mis libros. La gratitud es un fruto que brota del corazón y ahí debe reproducirse para siempre. El nombre Menéndez Pelayo, de dimensión monumental y eterna, encarna la cultura de España y el pensamiento occidental. Bajo el manto de su memoria revivimos, entre sus mil hazañas intelectuales, la historia de los heterodoxos, que nos dice, hoy y siempre, con qué vigor el pensamiento occidental y el arte arrastran en su esencia, simultáneamente, el estatuto de la rebeldía y el de la construcción.

Por todo lo que me está siendo concedido este día, agradezco conmovida este Premio a la rectoría de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, a los ilustres jurados que eligieron mi candidatura, a todos los amigos, españoles y brasileros, ausentes y presentes, que me juzgaron merecedora de esta elevada distinción. A Carmen Balcells, magnánima mujer  de España, fraterna amiga de los escritores, corazón latinoamericano. Y, en especial, agradezco a mi familia, a Carmen y Lino, mis padres, a Amada y Daniel, mis abuelos ,que iniciaron la travesía atlântica .

Agradezco así mismo las palabras generosas de Mario Vargas Llosa, a quien acompaño hace treinta años. En nadie, como en él, conocí pasión tan irrefrenable por la literatura. Su amistad, pues, me ayudó a intensificar mi fe en los valores que emanan de la obra literaria. Sé que aquí se encuentra, hoy, traído por el afecto. También yo siento por los Vargas Llosa, Patricia y Mario, el mismo bienquerer. La historia de mi amistad con ellos es también mi historia.

Y, volviendo a expresar mi emoción, la creencia en la proclamada alteridad, les digo que Yo soy aquellos a quienes amo.


 
 
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© Piñon Produçoes, 2006